martes, 3 de junio de 2008

En Madrid

Estos cortos viajes a Madrid me dejan el interior con sabor agridulce, lamiendo el dulzor de lo que me traigo y poniendo caras al vacío de después. El reencuentro con mis amigos, con mi hermana, el paseo tradicional y muy esperado durante todo el año por la feria del libro y el retiro… el vaso se llena y se vacía tanto y tan deprisa que luego estoy trastabillando varios días hasta que consigo centrarme de nuevo.
Como bien dice mi hermana realmente no echo de menos a Madrid, sino a las personas que he dejado allí; las tengo permanentemente presentes en mi mente, pensando en como les irá, cómo será su día a día, (que yo me pierdo, por más llamadas de teléfono que haga o contactos por Internet). Por eso cuando voy, me empapo de conversación, de besos, abrazos de los de verdad; es curioso que en pueblos como el mío en los que todo el mundo se conoce y se saluda, se ven muy pocos besos y abrazos; aquí los lleno con los de mis pequeños que a fuerza de tener una “mami tan pesá”, tan besona y abrazante, ha hecho que ellos me busquen a mí y luego pase lo que pasa, que sus resfriados sean para mí seguro. Cuando era chica, mi madre decía que nosotros éramos besones por que teníamos antepasados Benítez, un apellido con fama de besucones… será eso. Sí es cierto que ya sea por esos Benítez o por que mi madre siempre me besó mucho, yo mantengo esa tradición; las muestras de afecto, con el representante máximo en el beso, son para mí una necesidad y un bálsamo más potente que el aceite de árnica; me fastidia un poco cuando descaradamente me ponen la cara para besar, me gustan los besos sonoros, intencionados, porque se quieren dar. También acepto los tipo Eduardo Galeano: el te da uno y te pone la otra mejilla para que le correspondas, me gustó la variante. En realidad el que le di en la Feria del libro el sábado, no era suficiente para compensar lo mucho que yo encuentro en sus escritos… Hablamos un poquito de las cercanías, de porqué no le gustaba firmar detrás del mostrador, en todos sus gestos estaba esa cercanía: en su forma de inclinar la cabeza para escuchar; en sus manos mientras hablamos, que quedan tan cerca de su interlocutor; en su mirada atenta a tus palabras y enfatizando las suyas propias. Compré tres de sus obras, espero no tardar en poder ponerme con ellas.
Como todos los años muchos y buenos libros para leer y descubrir…, y siempre el gusanillo del que tanto te llamó la atención y ya se salía del presupuesto. La tarde acompañó: fresco, un poco de tormenta con algún que otro chaparrón y un verde de hojas excepcional.
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